ISSN 3103-1129
Septiembre, 2023
Vol. 1, No. 2, 16-31
https://doi.org/10.53877/x87zmz67
KIRIA, 1(2), 2023 Revista Científica Multidisciplinaria
https://revistasfiecyt.com/index.php/kiria
Acompañantes antipánico: ¿acompañantes terapéuticos?
Anti-panic companions: therapeutic companions?
Marcelo R. Ceberio
Profesor en la Universidad de Flores. Argentina.
https://orcid.org/0000-0002-4671-440X
Ricardo De la Cruz Gil
Profesor en el Centro de Psicoterapia Breve Estratégica. Perú
ps.ricardodelacruzgil@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-8235-1028
Fecha de recepción: 11 de mayo de 2023
Fecha de aceptación: 15 de julio de 2023
Fecha de publicación: 01 septiembre de 2023
Como citar: Ceberio, M. y De la Cruz, R. (2023). Acompañantes antipánico: ¿acompañantes terapéuticos? KIRIA:
Revista Científica Multidisciplinaria. 1(2), pp. 16-31. https://doi.org/10.53877/x87zmz67
RESUMEN
Los intentos de solución fracasados constituyen uno de los principales factores que sostienen
los trastornos de pánico, la agorafobia y las fobias sociales. Aunque paradójicamente están
orientados a aliviar la sintomatología, terminan por intensificarla y perpetuarla en el tiempo.
En el marco de una investigación sobre la aplicación de un protocolo de tratamiento sistémico
para estos trastornos, se exploraron las estrategias utilizadas tanto por los pacientes como por
su entorno para afrontar la problemática. A partir de una muestra de 30 pacientes y mediante
la información obtenida en una primera entrevista semi-pautada, se identificaron cuatro
grupos de tentativas de solución: intentos personales, intentos profesionales, intentos de
acompañantes y estrategias de personas afectivamente cercanas. Este artículo se centra en los
resultados y el análisis del rol del acompañante antipánico, destacando su impacto en la
evolución del trastorno y su influencia en los patrones de afrontamiento del paciente.
PALABRAS CLAVE: pánico, ansiedad, miedo, acompañantes, agorafobia, intentos
fracasados.
ABSTRACT
Failed attempts at solutions constitute one of the main factors that sustain panic disorders,
agoraphobia, and social phobias. Although paradoxically aimed at alleviating symptoms,
they end up intensifying and perpetuating them over time. As part of a study on the
application of a systemic treatment protocol for these disorders, the strategies used by both
patients and their environment to cope with the problem were explored. From a sample of 30
patients and using information obtained in an initial semi-structured interview, four groups
of attempts at solutions were identified: personal attempts, professional attempts, attempts
by companions, and strategies by emotionally close individuals. This article focuses on the
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results and analysis of the role of the anti-panic companion, highlighting its impact on the
evolution of the disorder and its influence on the patient’s coping patterns.
KEYWORDS: panic, anxiety, fear, companions, agoraphobia, failed attempts.
INTRODUCCIÓN
El universo de la ansiedad y los miedos
Los trastornos de ansiedad, principalmente agorafobias, fobias sociales y específicas, y los
ataques de pánico, son trastornos que acucian a la sociedad actual. El que el trastorno de
pánico se constituya en una problemática clínica de relevancia, se debe en primer término por
tratarse de una afección en creciente prevalencia, ya que cada vez es mayor el número de
personas que consultan por sufrimientos relacionados con el pánico. En segundo lugar, el
pánico plantea un desafío clínico para el diagnóstico y para la terapia. Por otro lado, se trata
de un trastorno en el cual el éxito/fracaso de las aproximaciones terapéuticas queda a la vista
muy claramente (Opazo Castro, 2006).
Los ataques de pánico se han convertido en trastornos psicopatológicos que aquejan a
un gran porcentaje de personas, como también –y tal vez como resultado de ello- han cobrado
una gran difusión social que en ocasiones han llegado a extralimitar criterios diagnósticos. Las
estadísticas arrojan que un 30% de la población mundial padece de estas patologías en las que
el miedo ocupa un rol protagónico y se estima que 1 de cada 10 personas tienen una crisis de
pánico aislada a lo largo de su vida, sin que la misma vuelva a repetirse. Las mujeres presentan
un riesgo dos veces mayor en comparación con los hombres y la edad promedio de aparición
es de 24 años, si bien pude ocurrir en cualquier momento de la vida.
La denominación “ataque de pánico”, suele emplearse para designar la experiencia de
aparición súbita de intenso miedo acompañado de síntomas fisiológicos (Belloch et al 1995).
La característica relevante de una crisis de angustia o pánico es la aparición aislada y temporal
de miedo o malestar intenso, en ausencia de peligro real, que se acompaña de una amplia
gama de síntomas somáticos o cognoscitivos (DSM-IV-TR. 2002). El inicio de un ataque de
pánico se presenta de forma brusca alcanzando su máxima expresión con rapidez. La crisis de
angustia se ve acompañada de una sensación de peligro o de muerte inminente y de una
urgente necesidad de escapar (Cía 2002, Ceberio 2014, 2015, Chappa 2006).
Se trata de la aparición temporal o aislada de miedo o malestar intensos, acompañada
de cuatro, o más, de los siguientes síntomas que se inician bruscamente y alcanzan su máxima
expresión en los primeros 10 minutos. El DSM IV enumera 13 síntomas para acreditar “Panic
attack” que pueden dividirse en Neurovegetativos, digestivos, emocionales, cardiovasculares
y respiratorios:
- Síntomas neurovegetativos: inestabilidad, mareo o desmayo, temblores o sacudidas,
sudoración, parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo), escalofríos o
sofocaciones.
- Síntomas digestivos: náuseas o molestias abdominales.
- Síntomas emocionales: miedo a perder el control o volverse loco, miedo a morir,
desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno
mismo).
- Síntomas cardiovasculares: palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la
frecuencia cardíaca, opresión o malestar torácico.
- Síntomas respiratorios: sensación de ahogo o falta de aliento, sensación de atragantarse.
Entre los factores que parecen acrecentar la sintomatología, se encuentran la incertidumbre de
indefinición diagnóstica, la alerta hipervigilante y el continuo auto-monitoreo corporal,
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construcciones cognitivas que estructuran profecías que se autocumplen, además de un
repertorio de intentos de solución que fracasan y que sostienen en el tiempo la sintomatología.
Estos son algunas de las características del trastorno que lo sistematizan y lo perpetúan.
El problema e intentar resolverlos fallidamente
Los trastornos de pánico se hallan enmarcados en la categoría trastorno/ síntoma/problema.
Constituyen un problema y, como todo síntoma, para su sostén se despliegan numerosos
intentos de solución que fracasan. En el caso de los trastornos fóbicos, por lo general, la
proximidad del objeto construye el desenvolvimiento del cuadro, de hecho, los “fóbicos”
tienen una distancia límite, un espacio de “confort” que traspasado se inicia el periplo
sintomático. Quiere decir que la evitación es una forma de poder solucionar
momentáneamente el problema. Mientras que, en los pánicos, una simple salida puede
generar la ilación de pensamientos catastróficos y sus consecuentes conductas sintomáticas.
La persona intenta al comienzo enfrentarlo, diciéndose a sí misma que ella puede superarlo,
que no le va a suceder nada, que nada le puede pasar.
Pero, cognitivamente, esta es una negación de una afirmación previa, es decir, no le va
a suceder porque anterior a esa negatividad piensa que le puede suceder: cuanto más se lo
repite, mayor es el efecto contrario (Ceberio, 2011). Estas numerosas tentativas tienen como
corolario el incremento de la sintomatología, potenciando la angustia inicial y desarrollando
un aumento de la incapacidad, la impotencia, la desvalorización y la inseguridad que detonan
aún más angustia. De esta manera, se abre nuevamente el círculo vicioso (Watzlawick et al,
1974; Weakland et al, 1982). Los intentos de solución fracasados constituyen el epicentro del
sostén y reproducción sintomatológico, pero cabe preguntarse ¿Cuáles son los motivos por
los que una persona continua a aplicar la misma fórmula a pesar de la inefectividad?, ¿Porque
se reitera y se incrementa las tentativas de solución, aunque se obtiene el resultado contrario?
Si bien la respuesta no es la finalidad de este artículo, puede afirmarse que se halla en
nuestra propia estructura cognitiva. Nuestro modelo de conocimiento está patrocinado por
los preceptos de las ciencias positivistas, que operan como paradigma sociocultural (Ceberio
y Watzlawick, 1998), razón más que suficiente para avalar los intentos infructuosos.
Ecuaciones lineales y la búsqueda de las causas, el método de descomposición de partes y la
suma de estas con la ilusión de captar el todo, pensamiento binario, la lógica matemática,
realidad objetiva, conforman las bases epistemológicas de un modelo clásico de conocimiento
donde se aplican soluciones memorizadas y fórmulas con esquemas repetitivos (Ceberio,
2014).
Esta rigidez de los esquemas mentales que conforma el modelo cognitivo, del cual se
es cautivo, impide ejercitar la creatividad y exceder los límites de las fronteras mentales. El
hemisferio izquierdo, racional y lógico, es el que predomina en el análisis de la situación para
una probable solución. Mientras que el derecho, creativo y más emocional, se relega cuando
es el momento que más hay que activarlo. Nuestro cerebro sistematiza no solo contenidos sino
procesos, más precisamente formas de procesar la información y una de las bases de la
resolución de problemas es el uso de la lógica racional, cuando los problemas humanos están
regidos principalmente por las emociones.
En la labor terapéutica, entonces, se desarticulará (redefiniendo por medio de
intervenciones o prescripciones) la visión y el circuito que sostiene el problema-queja. Las
soluciones intentadas, si son sostenedoras y agravantes, el terapeuta tratará de desmantelar el
más de lo mismo, bloqueando así, en principio, la recurrencia originada por las tentativas
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ineficaces. Apelará al recurso de la creatividad, para colocar en su lugar una nueva opción
que posibilite la ruptura de la redundancia (Ceberio, 2011).
Los problemas bajo este modelo son vistos como una “conducta-problema”
persistente, de modo que cualquier comportamiento que es traído a terapia consiste en una
conducta (problema) que persiste a pesar de los esfuerzos por eliminarla. Este problema se
manifiesta como un círculo vicioso, que involucra un feed-back positivo entre el
comportamiento “equivocado” y los intentos de solución inapropiados por deshacerse de él.
Así el objetivo principal del tratamiento es interrumpir este círculo vicioso que mantiene el
problema.
La confrontación de estos mecanismos y procesos que sostienen los intentos de solución
errados se produce mediante la paradoja, como en los trastornos de pánico, cuya opción es
una alternativa diferente a los intentos fracasados -que en términos cibernéticos son acciones
correctoras homeostáticas-, que genera la desviación de la reverberancia rígida, induciendo a
una crisis en el sistema, de lo que se espera un cambio pragmático. Esta inducción de entropía,
desestructura la acción sintomática. El cambio de las soluciones intentadas, provoca una
diferencia en la respuesta del síntoma, redimensionando así la perspectiva de realidad de la
persona.
Por otra parte, un problema nace en un sistema, “pero crea un sistema del sistema
original”, afirmaba John Weakland. Tal cual le sucede al paciente panicoso que se encuentra
a merced del problema/síntoma y desde esa asimetría en posición down le resulta muy difícil
de superar. Más de lo mismo, más del mismo resultado. El síntoma es una conducta anómala,
un comportamiento bizarro que sale de los canales esperables y funcionales de respuesta
frente a las situaciones. Puede interpretarse como una denuncia y constituirse en una
explicitación, una señal de alarma de que algún tramo del circuito comunicacional se halla
disfuncionando (McEwen, 2006). En este sentido esta señal puede conducirnos a la
restauración de la funcionalidad. Aunque entender el síntoma desde la óptica interaccional
solo nos remite a una versión parcial de los motivos de su aparición. A los factores
interaccionales se les debe aunar los inconscientes, comunicacionales, experienciales,
históricos, bioquímicos, orgánicos, endocrinos, neurofisiológicos, cognitivos y emocionales,
que convergen para constituir un trastorno bulímico, de pánico, anoréxico, depresivo, de
obesidad, de drogadicción, psicótico, obsesivo compulsivo, familiar de pareja, etc. (Ceberio y
Kerman. 2013). Cada uno de estos factores opera en sinergia con el resto, potenciando y
bloqueando alternativamente los resultados.
En semejante complejidad resulta sumamente difícil y utópico estructurar una
hipótesis acerca del origen del síntoma medianamente certera. De La hipótesis resultante de
este análisis, de ser efectiva, generará una categoría alternativa a la situación problema. Dicha
categorización, reestructura significados y redefine el problema a nivel cognitivo. Pero
siempre el cambio humano va a insertarse interactivamente con el área emocional e
interaccional con el sistema: si el cambio no se produce en las tres áreas (sentir, pensar y
actuar) no produce modificación completa y es factible que el problema o el síntoma persista
y a mayor persistencia, mayor resistencia al cambio.
Los acompañantes intentan fallidamente
Pero, los intentos de solución no se remiten únicamente a las iniciativas personales. Una
persona con trastorno de pánico, imbuida en una serie de intentos personales fracasados, a
esta altura del proceso de su patología se ha vuelto más vulnerable y por ende más
dependiente de su entorno, y ha comenzado insistentemente a recurrir a éste en la búsqueda
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de respuestas que lo acerquen a la mejoría. Dentro de los intentos encontramos, intentos
personales, profesionales, de personas afectivamente cercanas y principalmente la elección de
uno o dos personas referentes de seguridad que las llamamos “acompañante antipánico”.
Dentro de los intentos personales se encuentran el enfrentar el miedo, diciéndose a sí
mismo que puede superarlo: “no me va a pasar nada”, haciendo una especie de “mantra”, o
intentar controlar las sensaciones corporales, cuando éstas se intensifican, la evitación y huída
de las situaciones que se cree que producen el ataque, la negación, o la realización de rituales
y cábalas, usar vitaminas y analgésicos, ejercicios de relajación, utilizar psicofármacos
regularmente, recluirse , rezar, pensar en otras cosas tratando de cortar pensamientos
negativos, usar pretextos o justificaciones del porque me sucede.
Por otra parte, la persona ha intentado la asistencia de multiplicidad de profesionales,
tantos como la secuencia de síntomas que lo aquejan. Tengamos en cuenta que son varios los
síntomas de corte orgánico (taquicardia, mareos, náuseas, sudoración, ahogo, presión en el
pecho, temblequeo, visión borrosa, entre otros) que competen a diferentes especialidades
médicas como Médicos clínicos, Neurólogos y Endocrinólogos, Cardiólogos y
Gastroenterólogos, Otorrinos y Neumonólogos, Psiquiatras y Psicólogos, Homeópatas. Como
también desde grupos de autoayuda como Grupos de fóbicos anónimos, o técnicas de yoga,
relajación y respiración, meditación, mind fullness, terapistas corporales y florales, hasta
(fruto de la propia desesperación) recurren al pensamiento mágico y cabalístico, atribuyendo
el malestar a orígenes maléficos, sobrenaturales, mágicos, con la creencia de que le habían
realizado “trabajos” y asisten a brujas, tarotistas, videntes para solucionar su problema.
O también los intentos de familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, etc., que
proporcionan consejos “útiles” recomendando medicos como “eminencias” a pesar que tienen
una especialidad que no tiene que ver con el trastorno, o intentar la búsqueda de causas y
porqués que son inferencias que no llegan a ninguna parte, como también el impulsar con lo
que llamamos “el síndrome del pastor”, impulsando a la persona con la frase “tú puedes” y
que contrariamente a la finalidad se lo enfrenta con sus propias debilidades.
Objetivos de la investigación
El objetivo de la presente investigación fue identificar y clasificar distintas formas de intentos
de solución en personas afectadas por trastornos de pánico, agorafobia y fobias sociales. A
partir de este análisis, se establecieron cuatro tipos diferenciados de intentos de solución, de
los cuales algunos pueden resultar eficaces y otros, por el contrario, fracasan. Aunque no se
especifica cuál de ellos es efectivo y cuál no, se puede observar que, en su mayoría, estas
estrategias son ineficaces. En estos intentos se ve involucrado no solo el entorno del paciente,
sino también la intervención de profesionales, las acciones de personas emocionalmente
cercanas y las propias estrategias personales del individuo, destacándose especialmente el
papel del acompañante principal.
Muestra
La información se obtuvo de una muestra de 30 pacientes diagnosticados con trastornos de
pánico, agorafobia y fobias sociales, a través de una primera entrevista semi-estructurada. De
este análisis surgieron cuatro grupos de intentos para resolver los síntomas, clasificados según
su efectividad: intentos personales, intentos profesionales, intentos de acompañantes y
acciones de personas afectivamente cercanas. El protocolo de intervención semi-estructurada
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utilizado es el mismo que hemos presentado en investigaciones anteriores (Ceberio, 2014,
2018, 2023 a y b), y que se ha reiterado en esta ocasión.
Protocolo de la entrevista inicial
Para la obtención de datos para confeccionar las características personales premórbidas y
mórbidas, se emplearon los pasos de una primera entrevista de corte sistémico y cognitivo,
basadas en las premisas del modelo de la terapia breve sistémica (Modelo de Palo Alto)
(Watzlawick et al, 1974; Watzlawick, 1976). Las preguntas son tan solo una guía y de ninguna
manera se tomaron como un texto cerrado de una entrevista pautada. La entrevista se
categorizó como semi-pautada para dar lugar a la exploración creativa del terapeuta
investigador. No obstante, cada investigador recibió las directivas de una guía en pos de
unificar las acciones en la indagación. La que se presenta a continuación es una síntesis de la
misma.
A) Premisas
Es importante establecer una atmósfera de trabajo confidencial y colaborativa posibilita
desarrollar la entrevista en un ambiente cálido y distendido (Andolfi, 1977). Se debe poder
intervenir en las distintas áreas que se ponen en juego en el desarrollo del trastorno. Hay
técnicas específicas que se utilizan para abordar la sintomatología de cada área. Para lograr el
compromiso del paciente en el tratamiento, un primer paso es construir con él una relación de
confianza y empatía, y una forma de conseguirla es la aceptando su temor como comprensible
y justificado. Por lo general, a quien consulta por pánico le ha resultado difícil lograr que
quienes lo rodean puedan aceptar y comprender sus síntomas, por este motivo el paciente
debe sentir que sus miedos son tomados con seriedad, que es comprendido por lo que pasa
en su interior, que hay otras explicaciones posibles tanto para su padecimiento como para la
imposibilidad de controlar su voluntad, de no poder ser dueño de sí en la situación temida
(Chappa, 2006).
Es tarea del terapeuta crear un contexto terapéutico tranquilizador y colaborativo
evitando asumir el rol de juez que debe pronunciar una sentencia. La estrategia propuesta
para acentuar la empatía es ‘hablar el lenguaje del paciente’ (Watzlawick, 1967; Haley 1973,
1996) por la cual el terapeuta copiará -de manera sutil- tanto el lenguaje verbal como el
analógico, ingresando en el territorio de las creencias del paciente.
En síntesis, durante la primera entrevista, la posición del terapeuta debe ser:
• Una posición comprensiva: quebrando soluciones intentadas fracasas, ya que el
contexto en general tiende a no comprender a la persona que siente miedo.
• Se centralizará obsesivamente en la descripción de los síntomas y en el más
exhaustivo detallismo del cuadro sintomatológico.
• Se mostrará interesado y curioso en lo que le sucede a su paciente.
• Tomará la posición del experto (up position), cuestión de que sus intervenciones
tengan más estatus y mayor atribución de credibilidad y fe por parte del paciente: recordemos
que la persona panicosa ingresa fácilmente en el pensamiento mágico, más aún aquellas que
llevan mucho tiempo acarreando sintomatología y han apelado a múltiples recursos para
eliminar su cuadro.
• El terapeuta creará una fuerte alianza con el paciente.
• Siempre una actitud positiva y de seguridad de poder resolver el problema.
• Siempre se valora el potencial y la valoración personal del paciente.
B) Pasos
Para el desarrollo de la entrevista, se delimitan una serie de pasos que le permiten al
profesional organizar el material y operar como una guía para su trabajo en este tipo de
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trastornos. En la focalización del problema hay una serie de pasos a seguir: caldeamiento,
vaciamiento, exploración, cercado, indagación, jerarquización, focalización y distinción. Estos
pasos se establecen a partir de preguntas recursivas y lineales. Como modelo de resolución
de problemas, en el primer contacto personal se exige la definición clara de cuál o cuáles son
los problemas. Las preguntas se centrarán en precisar una descripción de qué es lo que le está
sucediendo a la persona tanto sincrónica como diacrónicamente.
Es fundamental aclarar en forma concreta el problema, evitando deducciones y
abstracciones y cómo es el sistema interactivo disfuncional que lo mantiene. Aunque en
muchas oportunidades esto no constituye una tarea sencilla: las personas no se caracterizan
por realizar una discriminación exhaustiva de lo que les sucede y a menudo recurren a
explicaciones vagas. Cuando el terapeuta obtenga (no importa si le lleva mucho o poco tiempo
de indagación, lo importante es la detección de cuál es el problema) la información que le
permite tener los signos precisos que definan el problema, resultará mucho más sencillo,
rápido y eficaz encontrar una solución que lo modifique. Por lo tanto, el tiempo que
aparentemente se pierde en la fase denominada de diagnóstico, se recuperará en la fase
estrictamente pragmática.
Detalladamente, los pasos de la focalización cuentan con los siguientes puntos:
Caldeamiento: El joining o caldeamiento es el juego comunicacional previo que un terapeuta
y los pacientes desenvuelven como forma de introducirse de manera paulatina en los temas
centrales a resolver. Jay Haley & Hoffman (1976) y Haley (1996), llaman a este período de la
entrevista psicoterapéutica etapa social, en donde observa a los participantes de la entrevista
en los comentarios, actitudes verbales y corporales
Vaciamiento: después del caldeamiento, frente a la pregunta de ¿Cuál es el problema?,
en general el paciente cuenta sobre lo que le sucede y lo trajo a consulta, en este caso el pánico.
Sea como fuere el inicio de la narración sobre el malestar del paciente, el terapeuta se dedica
a escuchar y empatizar. El modo de empatizar remite a la implementación del hablar el
lenguaje del paciente. En esos primeros tramos de la narración, el terapeuta observa y escucha.
Copia manerismos, gestos y frases.
Exploración: en esos primeros momentos del recuento se va abriendo el abanico de
temas que rondan al pánico, estimulado por algunas preguntas alentadoras.
Cercado: en este momento de la sesión, tal cual un cirujano que delimita el área a
trabajar, se identifica cuál o cuáles son los problemas a trabajar.
Indagación: se inicia a profundizar acerca de los problemas identificados. El objetivo
es alcanzar una mejor descripción, una mayor precisión. Se pregunta específicamente sobre
los problemas.
Jerarquización: se diferencia cuáles son los problemas urgentes y cuáles los
importantes. Se debe tener claridad para tener operatividad sobre ellos. Muchas veces
coincide la urgencia con la relevancia del problema.
Centralizar: se trabaja sobre el problema, profundizándolo, enarbolando todo el
repertorio de preguntas estratégicas lineales y circulares.
Distinción: En este momento de la entrevista, el terapeuta evalúa si el motivo de
consulta coincide con el problema.
C) Guía de preguntas
1. ¿Cuál es el/los problemas?
2. ¿En orden de relevancia cual es el orden en que la persona desea solucionarlos?
3. ¿Desde cuándo el problema es problema?
4. ¿Cómo era su vida antes de los ataques de miedo?
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5. ¿Estructura familiar de origen?
6. Conformación de la familia creada
7. Relaciones con los demás (familia, amigos, relaciones laborales)
8. Actividades desarrolladas (laborales, sociales, familiares)
9. ¿Cómo era su ritmo de vida?, ¿acelerado, normal, lento, tranquilo, etc.?
10. ¿Cuáles eran las características de su personalidad que considera principales?
11. ¿Era generoso, ayudador, busca agradar, se ocupa más del otro que de sí mismo?
12. ¿Sabía decir que no?
13. ¿O se colocaba en primer lugar, se ocupa más de sí mismo que de los demás?
14. ¿Considera que se valora?, ¿cómo estaba su autoestima?
15. ¿Cuándo surgió el problema, hubo alguna situación especial por la que paso el
sistema?
16. ¿Este es un problema reciente o es algo que se ha venido presentando desde hace
bastante tiempo?
17. ¿Hubo algo que generara este problema de forma abrupta o simplemente fue
apareciendo como una cosa paulatina?
18. ¿Cómo fueron los primeros indicios de la aparición del problema?
19. ¿En qué contexto o sistemas se construye el problema?
20. Recuerda la primera vez que sucedió, haga una descripción detallada.
21. ¿Este es un problema que se presenta en cualquier momento o sólo en situaciones
específicas? (dónde).
22. ¿En qué contextos el problema deja de ser problema?
23. Este problema, que otros problemas generó.
24. Con que intensidad se produce (chequear de 0/100%).
25. ¿Con que frecuencia aparece el problema? Por día, por semana, por mes, por año.
26. ¿Cuándo, en qué momento aparece?, en qué momento del día, en qué situación.
27. ¿Precede o antecede a una situación?
28. Hay síntomas (cantidad, calidad, orgánicos, psicológicos, etc.).
29. Cuanto tiempo hace que se produce (días, semanas, meses, años).
30. ¿Qué miembros del sistema están involucrados?
31. ¿Hay otras personas involucradas en este problema, que intentan ayudarle, o es
Ud. solo tratando de resolverlo? (quién).
32. Que piensa que los demás piensan del problema.
33. Quién es la persona más cercana a su problema.
34. A quien recurre buscando protección cuando está insegura o en los prolegómenos
del ataque o a posteriori.
35. (Hay más personas involucradas) ¿Estas personas intentan ayudarte de alguna
manera o no?
36. (Si intentan ayudarle) ¿Cuándo recibe esa ayuda, la sensación cuál es: te sientes
más o menos capaz de enfrentar el problema? (empezar a introducir una duda respecto a lo
que ha venido haciendo).
37. ¿Quiénes más o menos implicados, quiénes más afectados, quiénes se hacen cargo,
quiénes evaden, quiénes lo niegan?
38. ¿Para quienes no es problema?
39. ¿Porque le parece que sucede? (exploración de supuestos y base de intentos de
solución).
40. ¿Qué emociones genera el problema?
41. ¿Cuáles son los pensamientos que lo invaden?
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42. ¿Hay pensamientos negativos o catastróficos? (incentivar mencionando algunos
como sobregeneralización, abstracción, todo o nada, etc.)
43. ¿Cuándo aparecen, en qué momento del día?
44. ¿Para qué le sirve el problema al sistema?
45. ¿A quién o quiénes le sirve sostener el problema? (no quiero la primera respuesta,
quiero la segunda…).
46. ¿Pregunta del milagro (De Shazer 1992): si el problema se solucionase o más aún
no existiese, que sucedería en el sistema: ¿quién estaría mejor, quien peor, etc.?
47. ¿Qué cosas diferentes se harían? (en emociones, acciones o pensamientos).
48. ¿Es la primera vez que consulta por este problema o ya habías consultado antes con
otro profesional?
49. Si ya ha consultado, ¿Hubo algo de lo que ha trabajado anteriormente que le ayudó
a solucionar el problema o la situación sigue igual?
50. (No ha consultado) ¿Qué le llevó a consultar esta vez, si es un problema que tienes
hace tanto tiempo? (empezar a indagar si es o no un consultante resistente).
51. ¿Porque se consulta ahora?, ¿Hubo consultas anteriores?
52. En una escala de 0 a 10 como está la valoración personal. ¿y antes del pánico?
53. Cuanto tiempo piensa que durante el día está pendiente del ataque de pánico.
El paso siguiente trata de la exploración sobre los intentos fracasados que se realizan en pos
de solucionar el problema del pánico. Intentos de los que se obtiene el resultado contrario al
que se desea obtener, manteniendo el síntoma e incrementándolo. Esto dará como resultado
que la solución repetidamente intentada se convierte en el problema. El problema del
problema. Por tanto, es importante determinarla cuidadosamente.
Su importancia radica, en primer lugar, en la necesidad de desechar aquellas
soluciones que no son eficaces. En segundo lugar, puede llegar a descubrirse que ya se está
intentando una solución exitosa y que solo hay que apoyarla o alentarla (Kopec & Rabinovich,
2007).
Este período de la entrevista es muy importante, no solo porque es el eje creativo del
modelo breve, sino porque muestra el verdadero germen cibernético. Los intentos errados
continúan perpetuando el ángulo de desviación al acierto del objetivo. Forman el problema
satélite principal. El terapeuta con todos estos datos logra saber que no debe hacer. Esto no
quiere decir que sepa ya lo que debe hacer (lo que debe hacer es no hacer más de los mismo),
pero es importante que no reitere intentos de solución inefectivos.
D) Preguntas sobre intentos
En el repertorio de preguntas desenvolvemos las siguientes:
1. ¿Qué fue lo que se intentó?.
2. Intentos del protagonista.
3. Intentos del entorno: familiares, amigos, vecinos.
4. ¿Se siente comprendido por ellos?
5. ¿Hay alguna persona con quien se siente más segura/o? (acompañante principal),
6. ¿Qué intentó esta persona?
7. ¿Qué hace esta persona por usted?
8. Hubo tratamientos anteriores, ¿qué se intentó en ellos?.
9. ¿Qué intentaron otros profesionales?.
10. De todas estas tentativas, ¿hubo alguna opción exitosa?.
11. Si hubo alguna efectiva, ¿porque no se siguió adelante?.
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12. ¿Se puso a pensar porque si todos los intentos son ineficaces los continuó
utilizando? (reflexión).
13. En qué se pensa que se colabora para sostener el problema…. Quiero la segunda
respuesta no la primera (la primera siempre es NO).
14. ¿Cree que podemos utilizar otras tentativas alternativas, aunque no esté muy de
acuerdo?.
15. Trabajamos en equipo, si soy el DT (director técnico) está dispuesta a probar con
mis opciones?.
Los intentos de solución no se remiten únicamente a las iniciativas personales. Una persona
con trastorno de pánico, imbuida en una serie de intentos personales fracasados, a esta altura
del proceso de su patología se ha vuelto más vulnerable y por ende más dependiente de su
entorno, y ha comenzado insistentemente a recurrir a éste en la búsqueda de respuestas que
lo acerquen a la mejoría. Dentro de los intentos encontramos: intentos personales, intentos
profesionales, intentos de personas afectivamente cercanas (P.A.C.), intentos del acompañante
antipánico (A.A.)
Observar quienes integran el entorno del paciente, como se estructura su sistema
relacional, permite comprobar el grado de influenciabilidad de ciertas figuras cercanas al
consultante, cuál es el mensaje que explicitan y cómo contribuyen con éste a sostener las
situaciones fallidas. Por lo tanto, la exploración no solamente debe ceñirse al protagonista,
sino quienes integren el entorno del paciente, tanto familiares, amigos, vecinos y conocidos,
etc. Permite observar la estructura de su sistema relacional y comprobar el grado de
influenciabilidad de ciertas figuras cercanas al consultante, cuál es el mensaje que explicitan
y cómo contribuyen con éste a sostener las situaciones fallidas. Como también detectar dentro
de este grupo, la relevancia y el poder que tienen los acompañantes antipánico (AA). Por
último, se explora cuáles fueron las tentativas de solución de otros tratamientos y propuestas
de otros profesionales.
RESULTADOS
Además de las otras categorías, alrededor de casi el 100% en los 30 casos se eligieron como
acompañantes a hermanos/hermanas, padres/madres, esposas/maridos, mejores amigos,
amigos que pasaron por el trastorno. Las diferencias en porcentajes de cada categoría no
fueron significativas.
Figura de apego y tutor de resiliencia
Es interesante observar que, en la dinámica interaccional de la persona con pánico, entre todas
las personas de su entorno, elige una o dos que pasan a ser los acompañadores principales en
ese periplo doloroso que implican los ataques. Estos acompañantes son los que protegen,
ayudan, otorgan seguridad y se muestran incondicionales con la figura del protagonista. La
persona recurre a ellos de cara a situaciones que debe enfrentar y que es factible que pueda
desarrollar un ataque.
Las razones que llevan a la persona panicosa a adjudicar a alguien esa función distintiva, se
halla en lo que claramente John Bowlby (1969, 1958) definió como “apego”. Bowlby
recurriendo a la Etología, la Neurobiología y la Psicología describió como los mamíferos en
los que se incluye el hombre, en los primeros años de vida recurren a figuras que les
representan seguridad y protección. Figuras que otorgan fiabilidad en la supervivencia y
adaptabilidad al medio. El comportamiento de apego es una forma de conducta instintiva que
se desarrolla en los seres humanos, al igual que en otros mamíferos, “durante la lactancia y
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tiene como finalidad o meta la proximidad a una figura materna. La función del
comportamiento de apego consistiría en la protección contra depredadores”. (Bowlby, 1979:
52)
Si bien esta figura está especialmente descripta en los primeros meses y años de vida,
esa interacción se sistematiza y constituye una forma relacional para toda la vida. En la
adolescencia o la adultez siempre las personas en situaciones críticas buscan a seres referentes
con los que se sienten protegidos y amparados. J. Bowlby (1979) demuestra que su teoría se
aplica a otros períodos. Señala que tal conducta de protección se produce especialmente
durante la niñez y está dirigida hacia figuras parentales. Pero este modelo relacional continúa
activo durante la vida adulta, en la que generalmente es encauzada hacia alguna figura
dominante que, con frecuencia, se trata de un pariente, pero también a veces de un jefe o
alguna persona de más edad o de cierta autoridad afectiva. El comportamiento de apego,
como afirma la teoría, se produce siempre que la persona (niño o adulto) está enferma o en
una situación crítica y adquiere gran intensidad cuando el sujeto está asustado o cuando no
puede encontrar la figura hacia la que siente apego.
Este concepto tan visible en las relaciones humanas, hace que no sean pocas las
personas que desarrollan esa función: padres, tíos queridos, padrinos, amigos, pareja,
profesionales como enfermeros, médicos, psicólogos, maestros, entre otros. La teoría del
apego presupone que los niños mayores y los adultos conservan esa forma de comportarse,
mostrando la necesidad de asistencia y protección en situaciones de estrés o de riesgo. De
hecho, cuando pasamos por una situación de dificultad y de cierto grado de estrés emocional
intenso, buscamos figuras que nos protejan y nos contengan. (Bowlby, 1979, 1958, 1953, 2014)
Esta misma conceptualización es llamada por Boris Cyrulnik (2013) “tutores de
resiliencia”, aunque no necesariamente refiere a la figura de apego a un ser humano. Señala
que los recursos internos se componen esencialmente del aprendizaje de un estilo afectivo que
llama “apego seguro”, que es la confianza en uno mismo y proviene del modo en que uno ha
sido amado en los primeros meses de vida. El tutor de resiliencia puede ser un acontecimiento,
un hecho, un lugar, pero en general, los tutores son personas adultas que se ofrecen como
modelo identificatorio, un modelo afectivo, que interaccionan otorgándole brillo al resiliente
y lo más interesante de esta relación es que puede ser fortuita y ocasional y no necesariamente
perdurar en el tiempo. Es decir, el tutor de resiliencia propone en la vida del resiliente un
punto de quiebre entre su trauma y los recursos para superarlo. Una resiliencia exitosa,
entonces, es el resultado de la sinergia entre los recursos internos del protagonista y los
recursos de su micro y macro-ecosistema.
La idea de la figura de apego o tutor de resiliencia, le otorga sentido a la figura del
acompañante antipánico. La posibilidad de encontrar una persona que proporcione cierta
seguridad, o que funcione como un acompañador en tiempo completo o parcial, le permite al
sujeto afectado cierta valía de sortear momentos o situaciones temidas. Esta alternativa para
superar el temor es la más utilizada en el mundo de los miedos. La tarea de buscar el apoyo
en una persona confiable que le brinde seguridad, en muchos casos precede al estado de
pánico y durante el pánico simplemente se acentúa. En otros, las modificaciones en el sistema
que se producen a partir de la sintomatización de la persona hacen que un miembro otrora
perimetral, ahora sea el que se hace cargo de ejercer la función de apego. Habitualmente los
acompañantes pueden ser un familiar muy próximo, madre, padre, cónyuge, hermano/a
(Chappa, 2006).
La ansiedad disminuye si la persona con el trastorno considera que un sitio o una
persona son “seguros”, o “fuertes”, “inteligentes”, aun cuando no haya nada que la persona
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pueda hacer si algo malo sucediese (Barlow & Durand, 2001). Este miembro cercano
acompaña a la persona a todos lados donde pueda surgir la situación temida, adicionando la
seguridad que la persona no posee.
El acompañante y la dependencia
Generalmente, este acompañante está totalmente compenetrado con el problema,
mostrándose más preocupado y temeroso que el paciente, adhiriéndose en todas las acciones
del protagonista, estimulando así la dependencia y favoreciendo la inseguridad, sensaciones
contrarias a las que se desean (Ceberio, 2005) y manteniendo al sujeto enjaulado dentro de sus
convicciones de no poder lograr él solo una reacción positiva ante el miedo (Nardone &
Watzlawick, 1990).
La estrategia de solicitar ayuda y compañía constante tiene su efecto inicial de
confortación, pero luego conduce al agravamiento del miedo y de sus efectos limitadores y
sintomáticos, puesto que precisamente el hecho de necesitar de alguien al lado y listo para
intervenir en su ayuda, confirma al sujeto necesitado, su incapacidad para afrontar las
situaciones y manejar las propias reacciones. Como en la tendencia a la evitación, la solicitud
de ayuda tiende a generalizarse hasta convertirse en una necesidad absoluta y conducir a la
persona a las más severas formas de trastorno fóbico, o sea, a no estar en condiciones de
permanecer solo (Nardone, 2003, Ceberio 2014).
Acompañantes antipánico y el entorno afectivo inician un amplio repertorio de
soluciones que son condenadas al fracaso: no entienden lo que le sucede al protagonista,
proporcionan un sinnúmero de expresiones “alentadoras” y ponen en marcha acciones
bienintencionadas pero inútiles. El protagonista se encuentra a merced del despotismo
sintomático en una total asimetría por debajo, con lo cual, pese a sus esfuerzos, no puede
revertir la situación. Entonces, a la angustia original se le anexa la ansiedad que genera el
hecho de sentirse impotente frente a la sintomatología e inepto por no poder cumplir lo que
su círculo afectivo le propone (Ceberio, 2005).
Los acompañantes antipánico en general son más miedosos que la misma persona
afectada. Sienten miedo de que la persona sienta el miedo a sentir el ataque de miedo. Por lo
tanto, son colaboradores –aunque sin desearlo- con que la persona se sintomatice. En esta
misma dirección, son cautelosos y defensivos y evitativos. De cara al menor atizbo de que la
persona intente independencia, ya sea mediante gestos o directamente con la palabra le hacen
dudar si está capacitada para accionar: “Me voy al kiosko”, la respuesta de un acompañante
será “Deja que voy yo” o “Vamos, te acompaño”, “¿Estás segura que vas sola?”. Todas
expresiones que demuestran amor y preocupación pero que, paralelamente, le recuerdan a la
persona con pánico, su incapacidad y sus miedos.
Muchas de estas actitudes son acciones que debería hacer la persona con pánico que
terminan siendo realizadas por el acompañante. Es decir, “hacen” por la persona. Trámites,
llamados telefónicos, entrevistas, compras en supermercados, y otras actividades que instalan
al sujeto con pánico en una zona de comodidad donde no se ejercita la responsabilidad y el
enfrentar sus temores. Es un lento proceso de empobrecimiento social y personal. Un
indicador del grado de impotencia de la persona panicosa se observa en el llamado telefónico
del pedido de consulta. Cuando es realizado por el acompañante se observa el grado de
dependencia, la zona de confort, la imposibilidad. Un paciente con pánico que llama pidiendo
tratamiento, demuestra cierto grado de autonomía y potencialidad al cambio.
Este tipo de “recordatorios” acentúan la impotencia y la inseguridad. Es un mensaje
permanente que dice implícitamente: Recuerda tus miedos / Recuerda que no puedes / Ten
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cuidado que te puede pasar. Pero, además, relacionalmente, en la dupla debe existir la
complementariedad para su funcionamiento. Si el acompañante es el potente, el protagonista
es el impotente, si hay alguien valioso y fuerte, la contrapartida es alguien desvalorizado y
debil, si hay alguien seguro, hay un inseguro. En esa dupla, el acompañante, ya desde el
vínculo acentúa la imposibilidad de cambio. En consecuencia, brindan apoyo, confianza y
seguridad, pero en desmedro de los recursos del protagonista.
El vínculo desarrollado es claramente asimétrico, donde hay alguien que dirige y
alguien que acata. Aunque el acompañante tiene un doble juego: si bien es conducido por el
A.A. también tiene a su disposición un empleado protector a tiempo completo. Este doble
juego es entrampante pero suena a la dialéctica del amo y el esclavo hegeliano: ambos se
necesitan.
La irrupción del síntoma en la persona conlleva a la modificación del sistema o sistemas en
donde se inscribe. Muchos de los acompañantes han modificado sus funciones en el sistema
y algunos encuentran un sentido a su existencia. Madres que llevan adelante un matrimonio
rutinario y encuentran una misión en su vida acompañando a una hija. Padres desvalorizados
y sin trabajo que hallan su autoestima y una realización valorizativa en su tarea de
acompañantes. Hermanas mayores solteras frustradas en su condición de madres o en la
consolidación de una familia, o cónyuges que siempre se encontraron en su pareja por debajo
relacionalmente y ahora han invertido el vínculo. Hermanos que siempre vivieron a la sombra
del hermano y ahora lo dirigen y sienten que su palabra vale, amigos que siempre tuvieron
una actitud dadora y socorrista y ahora tienen la oportunidad de desarrollar a pleno su
función.
En síntesis, son múltiples los ejemplos que hemos observado en el trabajo clínico con
personas con este trastorno, lo más relevante es el cambio de función y la obtención de una
rentabilidad emocional en el ejercicio. En este sentido, son narcisísticamente poderosos puesto
que el desenvolvimiento de su función aporta una cuota de valía personal que hasta ahora no
pudieron obtener. De esta manera, y con este planteo relacional terminan en el vínculo
estimulando la dependencia cuando lo que se espera es generar autonomía. Y es un juego
dialéctico: el paciente pasa a ser un apéndice del acompañante, pero, también el acompañante
es un apendice del paciente. El acompañante es uno de los locus de mayor desarrollo de
intentos de solución fallidos. Con la mejor intención, amorosa y preocupada, aconsejan lo
contrario a lo que se debe hacer. Estos dobles mensajes son comunes en la relación: utilizan el
“Tú puedes” generando mayor torpeza en el paciente; dicen “lo que se debe hacer” pero a la
vez tienen miedo que haga y terminan haciendo por el protagonista; proporcionan cantidad
de consejos “útiles” (que acentúan la impotencia), explicaciones dormitivas (que calman la
ansiedad momentáneamente y no reformulan significados), explicaciones racionalizadoras
(que justifican síntomas), buscan profesionales médicos y psicólogos que logren el cambio.
Como se observa, en los acompañantes se condensan los intentos de solución
inefectivos y se potencian por el vínculo afectivo y dependiente que se elucubra en ambos.
Pero a pesar de esta crudeza descriptiva, los acompañantes no son monstruos sádicos que
intentan destruir al protagonista. Todas las acciones están realizadas bajo los principios del
amor y el deseo de mejora de la persona afectada, pero la relación en el sistema dupla y la
concepción cognitiva de solución son dos factores que atentan contra la posibilidad de cambio
y mejora sintomática.
Todas estas actitudes, tanto profesionales, personales como de las personas
afectivamente cercanas y los acompañantes, destruyen la autoestima del protagonista:
paulatinamente va empobreciendo sus relaciones sociales, pierde su trabajo, ha abandonado
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la regularidad de la asistencia a los estudios, y su círculo se reduce a algunos miembros de su
familia, unos pocos amigos, escasa vida social y poco lugar para el placer.
CARACTERÍSTICAS SALUDABLES DEL ACOMPAÑANTE
El acompañamiento de una persona con trastorno de pánico requiere una combinación de
habilidades emocionales, comunicativas y de contención, ya que el apoyo adecuado puede
influir significativamente en el proceso de recuperación. De acuerdo a la investigación, se
elaboró cuáles serían las condiciones esperables en las acciones desarrolladas por los
acompañantes. Un acompañante no solo debe ofrecer seguridad en momentos de crisis, sino
también fomentar la autonomía de la persona afectada para evitar la dependencia.
Una de las características fundamentales es la empatía, entendida como la capacidad
de comprender y validar las emociones del otro sin minimizarlas ni exagerarlas. Rogers (1957)
sostiene que la empatía es un elemento clave en la relación de ayuda, ya que permite que la
persona acompañada se sienta comprendida y aceptada, lo que reduce la angustia asociada a
los ataques de pánico.
El acompañante también debe poseer una actitud calmada y serena. Durante un
episodio de pánico, la persona experimenta una activación intensa del sistema nervioso
autónomo, lo que puede aumentar si su entorno reacciona con ansiedad o miedo (Barlow,
2002). La presencia de un acompañante tranquilo puede ayudar a contrarrestar esta
activación, proporcionando un modelo de regulación emocional. La habilidad para
comunicarse de manera clara y tranquilizadora es esencial. Durante un ataque de pánico, la
persona puede sentirse desorientada o temer por su vida debido a la intensidad de los
síntomas físicos (APA, 2013). Un acompañante eficaz debe utilizar un lenguaje sencillo y
afirmaciones tranquilizadoras, como “esto pasará pronto” o “estás a salvo”, evitando frases
que minimicen la experiencia, como “no es para tanto”.
Otra característica importante es la capacidad de proporcionar seguridad sin fomentar
la evitación. Si bien es natural que el acompañante quiera proteger a la persona del malestar,
la evitación de situaciones que generan ansiedad refuerza el trastorno a largo plazo (Clark,
1986). Por ello, el acompañante debe ofrecer apoyo, pero también incentivar progresivamente
la exposición controlada a los desencadenantes del pánico.
Además, es importante que el acompañante tenga una actitud paciente, afectiva y
flexible. El trastorno de pánico no sigue un curso lineal, y los avances pueden alternarse con
recaídas (Craske & Stein, 2016). Un acompañante debe estar preparado para afrontar estas
fluctuaciones sin frustrarse ni presionar a la persona afectada, comprendiendo que la
recuperación es un proceso gradual. Por último, se recomienda que el acompañante tenga
conocimientos básicos sobre el trastorno de pánico y sus tratamientos. La educación en salud
mental permite un mejor manejo de las situaciones críticas y ayuda a la persona acompañada
a sentirse validada en su experiencia (Hofmann et al., 2017).
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