Marcelo R. Ceberio / Ricardo De La Cruz Gil
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ISSN 3103-1129
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Nación (Pagano & Finnegan, 2007). En 1882 en Buenos Aires se realiza el Congreso
Pedagógico Internacional (CPI). La discusión se centró sobre qué educación debía impartir el
Estado y estuvo caracterizada por diferentes propuestas como las de Bartolomé Mitre,
centrada en una clase dirigente mediante las escuelas nacionales, y Domingo Sarmiento,
inclinada por una educación básica generalizada a través de maestros y escuelas normales
(Rodríguez, 2013). En 1880, la expansión bajo la presidencia de Julio Roca requería de la
instrucción pública: la educación llevaría a la evolución del país y del poder político. Entre los
modelos a implementar se hallaba el francés, que proponía una educación de raíz humanista
con una impronta educativa primaria de tipo laica, gratuita y obligatoria (Nardacchione,
2010). Roca se vuelca hacia la instrucción básica universal en donde se pretendía constituir la
Nación argentina con las próximas generaciones de habitantes argentinos descendientes de
los inmigrantes (Herrero, 2011).
Entre los integrantes de las elites, Sarmiento consideraba que debía proyectarse la
educación nacional bajo las iniciativas francesas y norteamericanas “porque los pueblos de
América del Sur no tienen mucho que aportar a los logros educativos” (Rossi, 2021:58). Por lo
tanto, las representantes del interior del país no participaron del evento y muchos asistieron
solo en calidad de oyentes. La gran mayoría estuvo conformada por representantes de la
Capital y Provincia de Buenos Aires y de Montevideo (que sostenía una educación pública
impulsada por el educador José Pedro Varela) (Cantarelli, 2015). Los miembros de las élites
descalificaban la participación de los educadores y maestros del interior, y cuestionaron la
participación femenina (a pesar de la considerable población de maestras) pues se
argumentaba que el género femenino era más susceptible e influenciable. Con el aporte
extranjero a la educación nacional se mantenía una posición ambivalente, por una parte, se lo
miraba con admiración (quizá por la idealización hacia ciertas ciudades europeas como
Francia), pero al mismo tiempo era criticado porque se consideraban parámetros ajenos al
contexto argentino (Dogliotti, 2012).
El congreso trató cómo escolarizar a grandes masas, la administración de los poderes
públicos, el derecho a enseñar y aprender, la formación de los docentes, la educación mixta,
la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza, el mejoramiento de los planes de estudio y la
educación de la mujer (De Vedia, 2005); además, la laicidad, el papel de la iglesia en la
educación, los asuntos gremiales, la jubilación de los maestros, entre otros (Rossi, 2021).
También la obligación de padres y/o tutores de instruir a sus hijos, la supresión de premios y
castigos humillantes como método de enseñanza, la correcta remuneración de los maestros y
la exigencia de un diploma para ejercer el magisterio (Auza y Storni, 1986).
Escolaridad obligatoria, gratuita y laica
Dos años después se sancionó la Ley 1420, que organizó el sistema de educación común. El 8
de julio de 1884, se aprobó la ley de Educación que establece la instrucción primaria gratuita,
laica, gradual y obligatoria para toda la población que habita el suelo argentino, sin ningún
tipo de discriminación, ni de clase social, ni económica, ni de etnia (Fiorucci, 2014). La Ley
1420 se basa en la “educación común” como un derecho y “común” no es una palabra menor,
puesto que es la educación de los iguales, que se encuentra en la base del proyecto (Pineau,
2021). La sociedad argentina termina de pasar del modelo colonial a un proyecto
independentista. La idea es formar un nuevo ciudadano, pero no bajo la copia del europeo,
sino bajo el fundamento latinoamericano.
Uno de los temas más debatidos consistió en la inclusión de contenidos religiosos en
los programas escolares. Finalmente, la ley aprobada no hizo mención al carácter laico de la